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sábado, 15 de junio de 2024

El Cangrejo

El cangrejo llama a tu puerta cuando menos lo esperas. Sobre todo siendo tan joven (no habías cumplido ni 55 años). Llega envuelto para regalo justo en Navidad, en la forma de una biopsia. Su llegada te golpea. Al principio no lo puedes creer. Ha de ser sólo un sueño. Crees que eres el único que ha pasado por esto. Frases que te dices a ti mismo porque no sabes cómo manejar lo que está sucediendo.

Luego te da rabia, impotencia, pero sobre todo, miedo. Mucho miedo. Piensas “¿y por qué a mí?”. Sientes que es injusto, que no te mereces que te pase algo así. Que nadie lo merece, en realidad. Pero luego dudas. ¿Y si en realidad hice algo para merecer esto? Piensas que tal vez, en una de ésas… Recuerdas tus grandes errores y caídas, y sin duda al menos una de ellas te parece lo suficientemente importante. ¿Justicia divina? Te viene la culpa. Te viene la ira contra ti mismo y contra el mundo.

Pero de pronto piensas que debe tratarse de un error. El laboratorio se equivocó, por cierto. Hay que solicitar otra biopsia. Y hasta una contramuestra. Esto no puede ser. Y otro médico. Los médicos también se equivocan.

Pero no. No se trata de ningún error. Un escalofrío te trepa la espalda cada vez que te llega una nueva evidencia. Lloras como un niño en los brazos de tu mujer. Y piensas en tus hijos, que no merecen tampoco perder a su padre entrando apenas en los veinte. Se supone que la vida te prepara para algo así, ¡pero te da más tiempo!

Y piensas en tu madre. Ninguna madre debiera ver a un hijo partir, ni joven ni adulto. Piensas en tu hermano, y en que todavía no han enviado una canción al festival, como planearon alguna vez. Y que te quedan tantas cosas por hacer... Vivimos creyendo que tenemos tiempo. Pero cada día que pasa es uno que no recuperarás, y aunque ya has alcanzado muchas metas, la lista de lo que aún no has hecho se hace cada vez más larga.

Y el cangrejo se ríe. O tú sientes que se ríe. En realidad a él le da lo mismo lo que pienses o sientas. Él está haciendo lo suyo, simplemente. Tú no eres nadie para él. Acaso uno más en la estadística.

Pasan los días, y las semanas, y te sientes cada vez más golpeado, como un boxeador de peso pluma que se metió por error en un combate con el campeón mundial de peso pesado. El campeón te tiene en un rincón de la vida, y todo lo que ocurre a tu alrededor es como un nuevo golpe cruzado, un gancho o un golpe bajo el cinturón. Te han dado una paliza.

Tocas fondo. Las cosas que te solían entretener ya no lo hacen. Casi como que ya nada tiene sentido. Te sientes solo, pero no quieres ver a nadie fuera de tu núcleo más cercano.

Hasta que un día comienzas a darte cuenta de algo que por cierto sabías pero habías olvidado: que la vida es maravillosa, que cada nueva experiencia cuenta, y no quieres pasar un solo día más sin disfrutarla a concho… Y aprendes a vivir con el cangrejo. Se convierte en tu compañero de aventuras.

Deberás cambiar algunos hábitos, claro, y hacerte religiosamente tus controles. Aprendes que la medicina “tradicional” no es el único camino. Te sorprende, gratamente debo decir, que hay terapias complementarias que te ayudan a salir adelante y hacer más llevadero el proceso. Tomas conciencia del poder de la mente humana, de que la actitud es igual o más de importante que la aptitud.

Y comienzas a dar la pelea, echando toda la carne a la parrilla, explorando experiencias de personas cercanas que han pasado por situaciones similares o aún peores. Abres tu mente y comienzas a escuchar. Te das cuenta de que el cangrejo es prácticamente ubicuo. Te enteras de mucha gente en tus círculos de amigos y conocidos que vive con un cangrejo a cuestas. Y sientes que algo más te une con ellos. Y ahora ellos te miran diferente también.

No sólo tienes a tu familia nuclear contigo, también a tu familia extendida. Y los amigos que te has labrado a lo largo de la vida se hacen presentes. Muchos te acompañan en la cadenas de oración y algunos te visitan en la clínica.

No estás solo, después de todo.

Y de a poco las cosas comienzan a ir mejor.

Pasa un año, y dos, y tres, más de cinco años, y todo sigue bien. El cangrejo parece haberse quedado dormido. Sabes que sigue estando allí, pues aparece en las fotografías que te toman regularmente para controlarte, pero ahora él es el que está reducido a un rincón, ahí callado, recibiendo los golpes sin chistar.

Cada cierto tiempo algunas de esas personas que descubriste que tenían su propio cangrejo parten a su encuentro con el creador. Y lo lamentas profundamente, pues imaginas cómo se han de sentir sus esposas, sus hijos, sus hermanos y sus padres; pero a la vez te alegras, no sin cierta culpa, de que esta vez no haya sido tu turno.

Y agradeces haber tenido una nueva oportunidad de apreciar la vida. A veces sientes incluso que todo lo que estás viviendo desde que el cangrejo llegó es como un “bonus track” que estás aprendiendo a merecer y disfrutar.

Hasta que un día, en esa selfie que te tomas para controlarte, tu propio cangrejo no sale reducido a la mínima expresión. Sino que aparece grande, rejuvenecido, como recién despertando de una reponedora siesta. Casi le oyes cantar “No estaba muerto, andaba de parranda…”.

Y vuelves a sentir el golpe y el escalofrío, la rabia y el miedo, la injusticia y la soledad. Todo se repite. Pero esta vez más veloz e intensamente que la ocasión anterior. Es como una pasada en cámara rápida de las mismas emociones y sensaciones de la primera vez, cuando el cangrejo anunció su visita. Porque vino para quedarse, y siempre lo supiste aunque querías creer que lo tenías dominado.

Y acusas el golpe y te pones de pie, una vez más, porque sabes que no estás solo, y que habrá nuevos tratamientos, nuevas terapias complementarias y nuevas cadenas de oración, porque tirarás de nuevo toda la carne a la parrilla, para mostrarle a tu cangrejo que ambos pueden seguir viviendo juntos y en paz por muchos años. Después de todo, él también te necesita.

Ya, cangrejo mío, aquí vamos otra vez. Péinate y ponte un buen traje, que saldremos de paseo.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Hasta siempre, Marranito


Tenías exactamente 100 años, en equivalente humano. Mucho. Ya estabas sordo, casi ciego, y no corrías por la pelota ni luchábamos en el jardín. Pero aun así disfrutaba de tu compañía cuando me tendía en la hamaca en el verano, y te echabas a mi lado como cuidando mi sueño.

Llegaste justo cuando más te necesitaba. Y te has ido justo cuando ya era tiempo. Egoísta yo, te estaba disfrutando más de lo que merecía.

Me acompañaste exactamente 1/3 de mi vida. Tú y tu ojo azul que te heredó tu madre siberiana de raza, y el otro café, de tu padre desconocido que se dio a la fuga. Pero te importaba un rábano la alcurnia. Hasta eso teníamos en común.

Igor, te llamé, en honor a mi querido maestro del mismo nombre. Claro que a él nunca se lo dije. Temía que no le pareciera bien que le hubiese puesto su nombre a "un perro". En general es difícil para otros entender, sin conocer demasiado detalle, lo importante que resultó ser tu llegada a mi vida y las bendiciones que trajo consigo.

En familia, sin embargo, eras mi Marrano, mi Marranito. Regalón, cariñoso, incondicional. El único que al llegar tarde a la casa aún me hacía fiestas. Si cinco minutos te daba, con eso te contentabas, sin cobrar cuentas, poner malas caras o hacer rabietas.

Los vecinos contaban que cuando no podíamos llevarte a un viaje aullabas toda la noche. Nos echabas de menos.

Recuerdo un cumpleaños mío en que de pronto te desapareciste, y aunque tenía llena la casa de visitas no dudé en salir a buscarte, desesperado, por todo el barrio. Volví descorazonado al no poder encontrarte. Y en la pieza de la guagua estaba escondido el perla, debajo de la cama. Te molestaban los gentíos. Eras un can de pocas palabras.

Mi madre me dijo que lo malo de tener animales es que uno siempre los sobrevive, y sufre cuando se van. Pero las alegrías quedan, los recuerdos de los paseos a la playa, o a la nieve, o al campo. O sacarte a pasear con el lazo amarrado a mi cintura para que no me dieras tanta pelea con tus tirones de entusiasmo.

Hace unos meses llegó la Sandy, que se convirtió en tu partner en muy poco tiempo. Y hasta le hiciste empeño de repente, picarón. Saliste a mi bisabuelo, quien falleció a los 96 años, y aun en sus postrimerías le andaba agarrando el poto a las enfermeras.

Ella te rejuveneció un poco, yo creo, en tu último tiempo. Te veías cansado, pero más vital. Se acurrucaban juntos para dormir debajo del taca-taca o para reposar a la sombra del nogal. Ella ya te extraña. Me lo acaba de decir con sus arrumacos y suspiros.

Probablemente en el verano te lloremos juntos, yo en la hamaca y ella a mi lado. Pero prefiero llorarte, aunque sea un rato largo, que no haberte tenido conmigo.

Hasta siempre, Marranito.

viernes, 24 de julio de 2009

Compro tiempo: Pago contado


Y pago lo que sea.

Me levanto a las seis y media para llegar temprano a la oficina y en lo posible capearme el taco de la entrada a los colegios. He pensado hasta en dejarme barba con el solo fin de ganar diez minutos más de sueño al alba por no tener que afeitarme.

Cuando el diario llega temprano, alcanzo apenas a leer los titulares y el chiste de Jimmy Scott. En invierno rara vez llega a tiempo, por lo que ilusamente espero poder darle una ojeada después, “cuando vuelva”. He pensado en llevármelo a la oficina, pero dudo que sería bien visto pasarse la primera media hora del día leyendo el diario.

Paso en promedio dos horas y media al día manejando en la capital de la copia feliz del edén. Como buena copia “a la chilena”, no quedó tan paradisíaco el paraje urbano, y debo lidiar con los choferes de micro que creen que porque ganaron la licitación tienen derecho exclusivo, o al menos preferente, sobre las vías. O bien con los despistados de siempre, que en los cruces con más taco tratan de pasar igual a sabiendas de que no caben, y quedan detenidos en el medio de la intersección. Luego se hacen los giles ante los bocinazos y los saludos a su progenitora que les envían desde los vehículos circundantes.

Ni hablar de ir a almorzar a la casa. Apenas me trago un menú en algún restaurante de comida rápida. Primer factor de riesgo. De cuando en cuando me toca un almuerzo con algún cliente regalón, con el cual hay que “mantener la relación”. De regreso en la oficina la realidad ineludible es que la pega hay que hacerla igual, y no me puedo ir hasta que esté hecha.

Me apuro para llegar puntualmente a otra reunión, esta vez inter-áreas, donde como es su costumbre un par de los comensales importantes llega tarde poniendo cara de “¡uf, que harta pega!”, y moviendo la cabeza en un gesto que supone excusar la falta de respeto por sus compañeros de trabajo. Allí queda mi intención de lograr irme alguna vez a la hora, pues no alcanzaré a terminar temprano la presentación que solicitó la gerencia. El estrés: segundo factor de riesgo.

De regreso a casa pienso en los males de la vida moderna. Me doy cuenta de que mi sedentarismo es extremo: el único ejercicio físico que hago es pasar los cambios del auto. Tercer factor de riesgo. A este paso voy directo al infarto a los 40.

Con suerte llego a la casa a las ocho y media. Los niños ya están en piyama y toda mi interacción con ellos un día de semana consiste en leerles 10 páginas de Papelucho antes de que los venza el sueño.

Para qué voy a leer el diario entonces si ya están comenzando las noticias. Ceno con calma por fin mientras me entero del devenir del mundo moderno. Escasamente este barniz de globalización me deja con una sensación de tranquilidad. Mi esposa, agotada con el trabajo que le han dado los niños, se duerme en cuestión de minutos. Creo que cuando más hablo con ella es cuando logro llamarla desde la oficina a mediodía.

Llega el sábado e ilusamente pretendo darle un vistazo a los reportajes del diario de la semana, que supongo acumulados en algún lugar. Pero mi señora ya ha hecho uso de ellos para limpiar los vidrios, recortar tareas de los niños o deshacerse de ellos porque ocupan mucho espacio. Total, nunca los lees, me dice.

Calculo, a la rápida, que esta semana apenas aproveché a mi familia por 5 horas. Claro, tengo el fin de semana por delante, ¿pero no sería mejor poder trabajar nine-to-five, como lo hacen los gringos? ¿Cómo se las arreglan los gringos para ser eficientes, desarrollados y además tener una mejor calidad de vida? ¿Sería cosa de menos cafecitos a las once, menos puchitos sociales, mayor puntualidad y formalidad en los compromisos? ¿Sería cosa de abandonar la burocracia, no de modernizar sólo el Estado sino la Nación completa? ¿De copiar, pero bien, las soluciones que funcionan?

Cuando uno es joven, tiene energía y tiene tiempo, pero no tiene plata. Cuando es adulto, aún tiene energía y tiene plata, pero no tiene tiempo. Cuando viejo, tiene tiempo y tiene plata, pero ya no tiene energía. En lo personal, y con tanto factor de riesgo en mi vida, aceptaría gustoso ganar menos a cambio de tener más tiempo. Pero creo, lamentándolo, que siempre habría alguien dispuesto a ocupar el mismo cargo “tiempo completo”.

Yo no tengo la respuesta. Sólo la apremiante pregunta. ¿Cuánto vale el tiempo, y dónde lo venden? Pago lo que sea.


Nota al pie: Esta columna fue publicada en El Mercurio en 2001, bajo el seudónimo de Ramiro Senderos. Me acordé de ella hace poco y no pude sino reconocer su vigencia. La comparto con mucho gusto, no me extrañaría que más de alguien se sienta interpretado.

miércoles, 3 de junio de 2009

Doppelgänger - ¿Tenemos todos un doble?


¿Existirá en algún lugar dentro de la masa humana que puebla el planeta alguien que es similar, o mejor aún, idéntico a nosotros? ¿El gemelo malo? ¿El alter ego?

¿Y tendría el doble, de existir, los mismos talentos, habilidades, defectos o composición genética?

¿Y cuál sería “el original” y cuál “el doble”? ¿El que nació primero es el original? Y si es así, ¿pueden cambiarse de roles por un plato de lentejas?

¿Y tendría que vivir el doble contemporáneo a uno, o podría ser alguien que polvo era y ya en polvo se convirtió? ¿O alguien que está por nacer?

¿El doble y el original comparten el alma? ¿O tienen almas gemelas? ¿Y será el doble la razón por la cual algunas personas parecen tener el don de la ubicuidad?

¿Tenía razón Cortázar al sostener que Poe y Baudelaire eran la misma persona? ¿O Cortázar sólo estaba distrayendo la atención para que nadie notara que él mismo era el doble de alguien?

Mi mente barrunta estas preguntas, y no sé las respuestas aún. Pero quizás la naturaleza ya ha sabido darme pistas al permitirme notar que algunos de mis amigos podrían ser el doble de alguien (o ese alguien ser el doble de mi amigo).

martes, 6 de enero de 2009

¿En definitiva, robaba él dinero? (O por la boca muere el pez)


Resulta interesante a veces detenerse en la intríngulis del lenguaje, más allá de las ideas que deseamos comunicar. La oratoria típicamente conlleva interpretaciones divergentes que no siempre es fácil plasmar en un escrito. Para muestra un sabroso botón (cuya autoría primigenia desconozco pero el cual hurto sin asco alguno):

Yo nunca dije que él robaba dinero.

Es una oración en que podemos comunicar diferentes significados dependiendo de lo que enfatizamos al leerla en voz alta. Por ejemplo, es distinto decir:

Yo nunca dije que él robaba dinero. (pero quizás qué otras cosas robaba el muy zarrapastroso)
Yo nunca dije que él robaba dinero. (se lo ganaba, se lo encontraba, o era simplemente un mantenido)
Yo nunca dije que él robaba dinero. (pero de los demás no he dicho nada)
Yo nunca dije que él robaba dinero. (pero el cómo lo tengo clarísimo y te lo explico al tiro si quieres)
Yo nunca dije que él robaba dinero. (lo pensara en mi fuero interno o no)
Yo nunca dije que él robaba dinero. (pero si hablara, ¡ah miércales!...)
Yo nunca dije que él robaba dinero. (pero anda tanto pelador y chaquetero por ahí...)
¿Yo? nunca dije que él robaba dinero. (pero sé quién sí lo dijo)

¿Pero en definitiva, robaba él dinero? La respuesta es categórica e irrefutable: "depende".

Además... ¿Y quién es él? ¿Cómo es él? ¿A qué dedica el tiempo libre?

No sé si enamoró de ti, pero la última vez que lo vi, salía de tu casa corriendo con el fajo de billetes que guardabas bajo el colchón. En tiempos de crisis no hay inversión segura.

lunes, 30 de junio de 2008

Crónica de una muerte angustiada


El día que lo iban a matar, Santiago de Nueva Extremadura amaneció como cualquier otro día. Sin sospechar que vendrían tiempos de sistemas de transporte colapsados, de contaminación galopante y esquiva, de delincuencia desbordada y de áreas verdes pavimentadas en nombre del progreso.

Atrás habían quedado los sueños de bosques de alamedas y de plátanos orientales, los viñedos y las chacras, y sólo permanecieron las cagadas de las palomas. Tantas y grandes, ni los pericotes pudieron con ellas.

Santiago siempre soñaba con árboles, me dijo el Mapocho enmierdecido y atestado de gaviotas tan lejos del mar. Ya ni el sol de primavera vino a morir un día, me vinieron a avisar.

Los fríos de la otoñada no dejaron cicatrizar las heridas del alma, y las nieves que antes adornaban los cerros y el cielo ahora colmaron las calles de frías gentes que lo sintieron por dentro.

La Virgen del cerro lloró esa mañana.

Un día como cualquier otro, todos se miraron y dijeron: Santiago, ahora sí eres el nuevo extremo.

miércoles, 28 de mayo de 2008

¿Copy&Paste te promete un futuro esplendor?


¿Pero no es acaso el mar el que según nuestro himno nacional nos promete un futuro esplendor?

Los que somos padres en la era de la información sabemos que, al igual que como hacemos los adultos para apoyar nuestro trabajo diario, nuestros hijos cuentan con la ubicuidad de la red para encontrar prácticamente cualquier cosa que les pidan en el colegio.

Esto les resulta muy útil, ciertamente, para trabajos en los cuales necesiten encontrar referencias y material de consulta. Pero cuando "el entregable" de la tarea se limita a hacer un mero Copy&Paste no hay aprendizaje ni aporte de valor.

(Aunque mediante esta técnica nuestros hijos quizás se estén asegurando una esplendorosa carrera política como senador de la república.)

Mi querido profesor y amigo Ricardo Baeza-Yates citaba frecuentemente este aforismo: Veo y olvido, leo y entiendo, hago y aprendo.

En este contexto, una tarea consistente en escribir 5 planas acerca de Antonio Vivaldi no es entonces copiar o resumir lo encontrado en la red, sino, por ejemplo:
  1. Leer una reseña de la vida de Vivaldi.
  2. Leer acerca del período histórico en que le tocó vivir y crear su obra.
  3. Escuchar Las 4 Estaciones.
Y sólo entonces apagar el PC y escribir respondiendo el qué, cómo, cuándo, dónde y por qué de Antonio Vivaldi; y terminar con un comentario del niño acerca de qué se imaginó con la música de cada una de las estaciones.

Y esas 5 planas ya no serán planas en la memoria de ese niño, sino superficies curvas con la profundidad de haber hecho algo más que simplemente lo que se pedía. Hizo suya una vivencia, y aprendió.

miércoles, 9 de abril de 2008

¿Virtudes sobrevaluadas?


Recientemente, en un programa radial de esos de la hora del taco, escuché a Fernando Paulsen señalar que en su opinión hay dos virtudes que están ampliamente sobrevaluadas: la sinceridad y la consecuencia.

Decía él que la sinceridad era muchas veces más un defecto grave que una virtud deseable. Y definió sinceridad como la equivalencia entre el pensamiento y el habla (o sea, decir todo lo que se piensa). Obviamente, si se entiende la sinceridad de esa forma, puedo estar de acuerdo en que no es una virtud. Hablar todo lo que uno piensa es muchas veces un desatino, pero no necesariamente una muestra de sinceridad.

Sinceridad, en mi opinión, es simplemente la habilidad para expresarse derechamente. Es decir, que lo que digamos sea veraz, auténtico, que esté correlacionado con lo que creemos. En buen chileno, no andar con dobleces.

También decía él que la consecuencia, entendida como nunca cambiar de opinión y mantenerse irrestrictamente apegado a las creencias propias, no podía ser considerado una virtud. Puedo concordar también con él. Los hombres no somos ríos y tenemos vuelta atrás. Pero tampoco creo que consecuencia sea un adecuado término para ello. Pertinacia sería tal vez una mejor palabra.

Consecuencia, en mi opinión, es simplemente la concordancia entre la conducta que mostramos y los principios que nos guían. En buen chileno, no andar predicando con el marrueco abierto.

Sinceridad en el decir y consecuencia en el actuar. Dos virtudes que creo no están sobrevaluadas en absoluto, sino por el contrario, tan subvaluadas que escasamente se las puede ver en el clima nacional.