sábado, 15 de junio de 2024
El Cangrejo
jueves, 11 de noviembre de 2010
Hasta siempre, Marranito
Tenías exactamente 100 años, en equivalente humano. Mucho. Ya estabas sordo, casi ciego, y no corrías por la pelota ni luchábamos en el jardín. Pero aun así disfrutaba de tu compañía cuando me tendía en la hamaca en el verano, y te echabas a mi lado como cuidando mi sueño.
Llegaste justo cuando más te necesitaba. Y te has ido justo cuando ya era tiempo. Egoísta yo, te estaba disfrutando más de lo que merecía.
Me acompañaste exactamente 1/3 de mi vida. Tú y tu ojo azul que te heredó tu madre siberiana de raza, y el otro café, de tu padre desconocido que se dio a la fuga. Pero te importaba un rábano la alcurnia. Hasta eso teníamos en común.
Igor, te llamé, en honor a mi querido maestro del mismo nombre. Claro que a él nunca se lo dije. Temía que no le pareciera bien que le hubiese puesto su nombre a "un perro". En general es difícil para otros entender, sin conocer demasiado detalle, lo importante que resultó ser tu llegada a mi vida y las bendiciones que trajo consigo.
En familia, sin embargo, eras mi Marrano, mi Marranito. Regalón, cariñoso, incondicional. El único que al llegar tarde a la casa aún me hacía fiestas. Si cinco minutos te daba, con eso te contentabas, sin cobrar cuentas, poner malas caras o hacer rabietas.
Los vecinos contaban que cuando no podíamos llevarte a un viaje aullabas toda la noche. Nos echabas de menos.
Recuerdo un cumpleaños mío en que de pronto te desapareciste, y aunque tenía llena la casa de visitas no dudé en salir a buscarte, desesperado, por todo el barrio. Volví descorazonado al no poder encontrarte. Y en la pieza de la guagua estaba escondido el perla, debajo de la cama. Te molestaban los gentíos. Eras un can de pocas palabras.
Mi madre me dijo que lo malo de tener animales es que uno siempre los sobrevive, y sufre cuando se van. Pero las alegrías quedan, los recuerdos de los paseos a la playa, o a la nieve, o al campo. O sacarte a pasear con el lazo amarrado a mi cintura para que no me dieras tanta pelea con tus tirones de entusiasmo.
Hace unos meses llegó la Sandy, que se convirtió en tu partner en muy poco tiempo. Y hasta le hiciste empeño de repente, picarón. Saliste a mi bisabuelo, quien falleció a los 96 años, y aun en sus postrimerías le andaba agarrando el poto a las enfermeras.
Ella te rejuveneció un poco, yo creo, en tu último tiempo. Te veías cansado, pero más vital. Se acurrucaban juntos para dormir debajo del taca-taca o para reposar a la sombra del nogal. Ella ya te extraña. Me lo acaba de decir con sus arrumacos y suspiros.
Probablemente en el verano te lloremos juntos, yo en la hamaca y ella a mi lado. Pero prefiero llorarte, aunque sea un rato largo, que no haberte tenido conmigo.
Hasta siempre, Marranito.
viernes, 24 de julio de 2009
Compro tiempo: Pago contado

Y pago lo que sea.
Me levanto a las seis y media para llegar temprano a la oficina y en lo posible capearme el taco de la entrada a los colegios. He pensado hasta en dejarme barba con el solo fin de ganar diez minutos más de sueño al alba por no tener que afeitarme.
Cuando el diario llega temprano, alcanzo apenas a leer los titulares y el chiste de Jimmy Scott. En invierno rara vez llega a tiempo, por lo que ilusamente espero poder darle una ojeada después, “cuando vuelva”. He pensado en llevármelo a la oficina, pero dudo que sería bien visto pasarse la primera media hora del día leyendo el diario.
Paso en promedio dos horas y media al día manejando en la capital de la copia feliz del edén. Como buena copia “a la chilena”, no quedó tan paradisíaco el paraje urbano, y debo lidiar con los choferes de micro que creen que porque ganaron la licitación tienen derecho exclusivo, o al menos preferente, sobre las vías. O bien con los despistados de siempre, que en los cruces con más taco tratan de pasar igual a sabiendas de que no caben, y quedan detenidos en el medio de la intersección. Luego se hacen los giles ante los bocinazos y los saludos a su progenitora que les envían desde los vehículos circundantes.
Ni hablar de ir a almorzar a la casa. Apenas me trago un menú en algún restaurante de comida rápida. Primer factor de riesgo. De cuando en cuando me toca un almuerzo con algún cliente regalón, con el cual hay que “mantener la relación”. De regreso en la oficina la realidad ineludible es que la pega hay que hacerla igual, y no me puedo ir hasta que esté hecha.
Me apuro para llegar puntualmente a otra reunión, esta vez inter-áreas, donde como es su costumbre un par de los comensales importantes llega tarde poniendo cara de “¡uf, que harta pega!”, y moviendo la cabeza en un gesto que supone excusar la falta de respeto por sus compañeros de trabajo. Allí queda mi intención de lograr irme alguna vez a la hora, pues no alcanzaré a terminar temprano la presentación que solicitó la gerencia. El estrés: segundo factor de riesgo.
De regreso a casa pienso en los males de la vida moderna. Me doy cuenta de que mi sedentarismo es extremo: el único ejercicio físico que hago es pasar los cambios del auto. Tercer factor de riesgo. A este paso voy directo al infarto a los 40.
Con suerte llego a la casa a las ocho y media. Los niños ya están en piyama y toda mi interacción con ellos un día de semana consiste en leerles 10 páginas de Papelucho antes de que los venza el sueño.
Para qué voy a leer el diario entonces si ya están comenzando las noticias. Ceno con calma por fin mientras me entero del devenir del mundo moderno. Escasamente este barniz de globalización me deja con una sensación de tranquilidad. Mi esposa, agotada con el trabajo que le han dado los niños, se duerme en cuestión de minutos. Creo que cuando más hablo con ella es cuando logro llamarla desde la oficina a mediodía.
Llega el sábado e ilusamente pretendo darle un vistazo a los reportajes del diario de la semana, que supongo acumulados en algún lugar. Pero mi señora ya ha hecho uso de ellos para limpiar los vidrios, recortar tareas de los niños o deshacerse de ellos porque ocupan mucho espacio. Total, nunca los lees, me dice.
Calculo, a la rápida, que esta semana apenas aproveché a mi familia por 5 horas. Claro, tengo el fin de semana por delante, ¿pero no sería mejor poder trabajar nine-to-five, como lo hacen los gringos? ¿Cómo se las arreglan los gringos para ser eficientes, desarrollados y además tener una mejor calidad de vida? ¿Sería cosa de menos cafecitos a las once, menos puchitos sociales, mayor puntualidad y formalidad en los compromisos? ¿Sería cosa de abandonar la burocracia, no de modernizar sólo el Estado sino la Nación completa? ¿De copiar, pero bien, las soluciones que funcionan?
Cuando uno es joven, tiene energía y tiene tiempo, pero no tiene plata. Cuando es adulto, aún tiene energía y tiene plata, pero no tiene tiempo. Cuando viejo, tiene tiempo y tiene plata, pero ya no tiene energía. En lo personal, y con tanto factor de riesgo en mi vida, aceptaría gustoso ganar menos a cambio de tener más tiempo. Pero creo, lamentándolo, que siempre habría alguien dispuesto a ocupar el mismo cargo “tiempo completo”.
Yo no tengo la respuesta. Sólo la apremiante pregunta. ¿Cuánto vale el tiempo, y dónde lo venden? Pago lo que sea.
Nota al pie: Esta columna fue publicada en El Mercurio en 2001, bajo el seudónimo de Ramiro Senderos. Me acordé de ella hace poco y no pude sino reconocer su vigencia. La comparto con mucho gusto, no me extrañaría que más de alguien se sienta interpretado.
miércoles, 3 de junio de 2009
Doppelgänger - ¿Tenemos todos un doble?
¿Y tendría el doble, de existir, los mismos talentos, habilidades, defectos o composición genética?
¿Y cuál sería “el original” y cuál “el doble”? ¿El que nació primero es el original? Y si es así, ¿pueden cambiarse de roles por un plato de lentejas?
¿Y tendría que vivir el doble contemporáneo a uno, o podría ser alguien que polvo era y ya en polvo se convirtió? ¿O alguien que está por nacer?
¿El doble y el original comparten el alma? ¿O tienen almas gemelas? ¿Y será el doble la razón por la cual algunas personas parecen tener el don de la ubicuidad?
¿Tenía razón Cortázar al sostener que Poe y Baudelaire eran la misma persona? ¿O Cortázar sólo estaba distrayendo la atención para que nadie notara que él mismo era el doble de alguien?
Mi mente barrunta estas preguntas, y no sé las respuestas aún. Pero quizás la naturaleza ya ha sabido darme pistas al permitirme notar que algunos de mis amigos podrían ser el doble de alguien (o ese alguien ser el doble de mi amigo).
martes, 6 de enero de 2009
¿En definitiva, robaba él dinero? (O por la boca muere el pez)
Yo nunca dije que él robaba dinero.
Es una oración en que podemos comunicar diferentes significados dependiendo de lo que enfatizamos al leerla en voz alta. Por ejemplo, es distinto decir:
Yo nunca dije que él robaba dinero. (pero quizás qué otras cosas robaba el muy zarrapastroso)
Yo nunca dije que él robaba dinero. (se lo ganaba, se lo encontraba, o era simplemente un mantenido)
Yo nunca dije que él robaba dinero. (pero de los demás no he dicho nada)
Yo nunca dije que él robaba dinero. (pero el cómo lo tengo clarísimo y te lo explico al tiro si quieres)
Yo nunca dije que él robaba dinero. (lo pensara en mi fuero interno o no)
Yo nunca dije que él robaba dinero. (pero si hablara, ¡ah miércales!...)
Yo nunca dije que él robaba dinero. (pero anda tanto pelador y chaquetero por ahí...)
¿Yo? nunca dije que él robaba dinero. (pero sé quién sí lo dijo)
¿Pero en definitiva, robaba él dinero? La respuesta es categórica e irrefutable: "depende".
Además... ¿Y quién es él? ¿Cómo es él? ¿A qué dedica el tiempo libre?
No sé si enamoró de ti, pero la última vez que lo vi, salía de tu casa corriendo con el fajo de billetes que guardabas bajo el colchón. En tiempos de crisis no hay inversión segura.
lunes, 30 de junio de 2008
Crónica de una muerte angustiada
Atrás habían quedado los sueños de bosques de alamedas y de plátanos orientales, los viñedos y las chacras, y sólo permanecieron las cagadas de las palomas. Tantas y grandes, ni los pericotes pudieron con ellas.
Santiago siempre soñaba con árboles, me dijo el Mapocho enmierdecido y atestado de gaviotas tan lejos del mar. Ya ni el sol de primavera vino a morir un día, me vinieron a avisar.
Los fríos de la otoñada no dejaron cicatrizar las heridas del alma, y las nieves que antes adornaban los cerros y el cielo ahora colmaron las calles de frías gentes que lo sintieron por dentro.
La Virgen del cerro lloró esa mañana.
Un día como cualquier otro, todos se miraron y dijeron: Santiago, ahora sí eres el nuevo extremo.
miércoles, 28 de mayo de 2008
¿Copy&Paste te promete un futuro esplendor?
¿Pero no es acaso el mar el que según nuestro himno nacional nos promete un futuro esplendor?Los que somos padres en la era de la información sabemos que, al igual que como hacemos los adultos para apoyar nuestro trabajo diario, nuestros hijos cuentan con la ubicuidad de la red para encontrar prácticamente cualquier cosa que les pidan en el colegio.
Esto les resulta muy útil, ciertamente, para trabajos en los cuales necesiten encontrar referencias y material de consulta. Pero cuando "el entregable" de la tarea se limita a hacer un mero Copy&Paste no hay aprendizaje ni aporte de valor.
(Aunque mediante esta técnica nuestros hijos quizás se estén asegurando una esplendorosa carrera política como senador de la república.)
Mi querido profesor y amigo Ricardo Baeza-Yates citaba frecuentemente este aforismo: Veo y olvido, leo y entiendo, hago y aprendo.
En este contexto, una tarea consistente en escribir 5 planas acerca de Antonio Vivaldi no es entonces copiar o resumir lo encontrado en la red, sino, por ejemplo:
- Leer una reseña de la vida de Vivaldi.
- Leer acerca del período histórico en que le tocó vivir y crear su obra.
- Escuchar Las 4 Estaciones.
Y esas 5 planas ya no serán planas en la memoria de ese niño, sino superficies curvas con la profundidad de haber hecho algo más que simplemente lo que se pedía. Hizo suya una vivencia, y aprendió.
miércoles, 9 de abril de 2008
¿Virtudes sobrevaluadas?
Recientemente, en un programa radial de esos de la hora del taco, escuché a Fernando Paulsen señalar que en su opinión hay dos virtudes que están ampliamente sobrevaluadas: la sinceridad y la consecuencia.Decía él que la sinceridad era muchas veces más un defecto grave que una virtud deseable. Y definió sinceridad como la equivalencia entre el pensamiento y el habla (o sea, decir todo lo que se piensa). Obviamente, si se entiende la sinceridad de esa forma, puedo estar de acuerdo en que no es una virtud. Hablar todo lo que uno piensa es muchas veces un desatino, pero no necesariamente una muestra de sinceridad.
Sinceridad, en mi opinión, es simplemente la habilidad para expresarse derechamente. Es decir, que lo que digamos sea veraz, auténtico, que esté correlacionado con lo que creemos. En buen chileno, no andar con dobleces.
También decía él que la consecuencia, entendida como nunca cambiar de opinión y mantenerse irrestrictamente apegado a las creencias propias, no podía ser considerado una virtud. Puedo concordar también con él. Los hombres no somos ríos y tenemos vuelta atrás. Pero tampoco creo que consecuencia sea un adecuado término para ello. Pertinacia sería tal vez una mejor palabra.
Consecuencia, en mi opinión, es simplemente la concordancia entre la conducta que mostramos y los principios que nos guían. En buen chileno, no andar predicando con el marrueco abierto.
Sinceridad en el decir y consecuencia en el actuar. Dos virtudes que creo no están sobrevaluadas en absoluto, sino por el contrario, tan subvaluadas que escasamente se las puede ver en el clima nacional.

